domingo, 21 de septiembre de 2014

EL ROMÁNICO EN CANTABRIA






“Cuando hablamos del románico cántabro tenemos la costumbre de asociarlo inmediatamente con el erotismo, pero son muchos los templos románicos cántabros que reclaman una atención más profunda”

Tierras liberadas del Islam desde los primeros momentos, conocieron importantes construcciones mozárabes que llegarían en uso hasta el siglo XII.  De ahí que hasta la construcción de la colegiata de Santillana del Mar no se encuentren antecedentes románicos significativos.  La influencia castellano-leonesa va a ser la nota predominante en el románico cántabro, románico maduro, vencido ya su punto álgido.

Iglesia de Santa María de Yermo
En Cantabria es frecuente encontrarse con un románico en el que el erotismo aparece plasmado con gran realismo.  En muchas iglesias levantadas en las últimas décadas románicas, (Cervatos, Santa María de Yermo, San Cipriano de Bolmir, Santa María de Bareyo…) abundan las figuraciones relacionadas con el sexo que sin ningún subterfugio artístico son mostrados directamente.

Cantabria cuenta con una serie de capiteles y canecillos que no tienen parangón en este sentido con el resto del románico español.  Se han buscado distintas explicaciones a tal hecho, desde las de tipo moral hasta las sublimadoras y liberalizadoras.  Ambas explicaciones parecen exageradas, una por corta y otra por larga.  El realismo erótico del románico cántabro quizá no sea más que una salida por la vía naturalista adoptada en unos momentos de crisis de civilización, como son los finales del románico, en los que todo es confuso.  Lo curioso es que tal localización erótica se diera principalmente en una zona determinada.

El románico en Cantabria tiene su principal presencia en los valles interiores.  No obstante, la costa y sus entornos también cuenta con numerosos ejemplos, aunque suele ser más tardío que en el interior.  La cuenca del Besaya, río que atraviesa Cantabria de norte a sur es una zona rica en románico.  Además de su cuantía, es seguro que nos encontramos con el románico más altamente cualificado.

Las iglesias más relevantes de esta cuenca son; la de San Cosme y San Damián en Bárcena de Pie de Concha,  Santa María de Yermo, y San Facundo y San Primitivo en Silió.  Aunque hay otras muchas que si no tienen tanta importancia como estas, si disponen de interesantes restos románicos. 


Es difícil señalar en nuestro románico notas distintivas propiamente regionales. No es el románico un estilo que pueda marcar grandes diferencias, a pesar de que, paradójicamente, no exista ni una iglesia igual a otra…  Hay si identidades, por ejemplo de modos de labrar las esculturas, que demuestran la intervención de un mismo maestro o cantero, porque parece que los operarios tenían el juramento de no repetirse, pero cada iglesia románica es, por pequeña que sea, un mundo diferente. El románico cántabro estaría incluido en este primer aire, pero, insisto, siempre con las peculiaridades de cada monumento.

Las iglesias románicas en Cantabria se construyen en los siglos XI, XII, hasta finales del XIII, por ello sus mejores fábricas se suelen encontrar en aquellas entidades religiosas más destacadas.  En nuestra región las principales iglesias románicas estuvieron en los monasterios que prácticamente dominaron toda nuestra provincia. Y digo estuvieron, porque algunos, con sus reformas, acabaron por eliminar las primitivas construcciones románica.   Es el caso de Santo Toribio de Liébana que la cambió a mediados del siglo XIII por la gótica que ahora vemos; o Santoña que aunque persisten testimonios del viejo monumento, fue igualmente reformada a los largo de los siglos XIII-XVI.  Otros señoríos monásticos importantes, como Santillana, Castañeda, Cervatos, Piasca, o San Martín de Elines las han conservado casi totalmente en su primitiva traza románica.

 Nuestras iglesias románicas fueron levantadas en los valles entonces más poblados y a lo largo de los caminos y calzadas más transitadas.  Así en nuestra región podemos señalar un foco románico a lo largo de la costa, siguiendo el viejo camino a Santiago, vigente en los siglos IX y X.  Monumentos románicos colocados en esta vía, los hallados desde Castro Urdiales a San Vicente de la Barquera, destacando como las más importantes, las de San Román de Escalante y Santa María de Bareyo, ambas de finales del siglo XII, con notable conjunto escultórico, y la de Santillana del Mar, que tiene en su colegiata el más valioso monumento.

Otra ruta importante es la del río Besaya, vía antiquísima, ya utilizada por los romanos, que ponía en comunicación la costa con la meseta.  A lo largo de este valle aún perviven interesantes iglesias románicas, como la de Santa María de Yermo, viejo monasterio ya con vida en el siglo IX, de una sola nave,  y con uno de los pocos tímpanos decorados que Cantabria puede exhibir.  Tiene una fecha muy concreta,  el año 1203.   

 Siguiendo hacia el sur, están las parroquias de San Juan de Raicedo, con maestros que trabajaron en Cervatos, San Andrés de Cotillo, ermita de San Lorenzo de Pujayo, que hoy podemos visitar en Molledo, San Facundo y San Primitivo de Silió, San Martín de Quevedo, Santos Cosme y Damián en Bárcena de Pie de Concha y San Andrés de  Rioseco.  Casi todas pequeñas iglesias de concejo que, salvo excepciones, pueden colocarse en la primera mitad del siglo XII.

El tercer foco románico de Cantabria, con gran importancia, es el de los valles de Campoo, Valdeolea, Valdeprado y Valderredible, con numerosas iglesias completas o con restos interesantes, como Cervatos, la bella y conocida colegiata de Campoo.  Junto a ella las iglesias de Bolmir y Retortillo, la primera, obra de canteros que trabajaron en Cervatos, y la segunda, ya del siglo XII avanzado, con una extraordinaria colección de canecillos en sus cornisas, de buenos maestros del foco palentino de Aguilar.  Valdeolea y Valderredible poseen numerosas iglesias que forman un conjunto también muy relacionado  con lo aguilarense


 Sin duda Liébana fue en aquellos siglos románicos otro importante foco románico de Cantabria.  Quedan restos de iglesias que lo testimonian y un viejísimo monasterio dúplice, Santa María de Piasca, digno de visitarse porque mantiene seguramente la escultura más bella y evolucionada de nuestro románico. Menos numeroso en ejemplos, pero sin duda alguno de gran importancia, es el foco del Pas-Pisueña, en el que destaca sobremanera, la Colegiata de Castañeda, pero que también merece la pena visitar, las de Argomilla y Santa María de Cayón que conservan muy buenos restos románicos.
        
         En el apartado referido a la pintura románica nos encontramos ante la más absoluta desolación en cuanto a restos conservados.  No nos resignaremos a creer que esta falta de muestras de pintura fuera debida a una tendencia general, sino más bien a la extendida afición por picar los muros interiores y desprenderlos de su decoración.
        
          No obstante, encontraremos una aceptable muestra de la pintura románica cántabra en el ábside de San Martín de Elines, mientras que en algunas iglesias de Valdeolea, como las de La Loma, Mata de Hoz y Las Henestrosas, las pinturas que observamos son ya de época gótica.


Pero si esta es una zona árida en cuanto a pintura románica, todo lo contrario tendremos que decir en cuanto a la escultura monumental.  Nos hemos encontrado con templos cuya decoración escultórica se encuentra al mismo nivel que su importancia religiosa y social, casos de Santillana o Cervatos, sin embargo, podremos descubrir magníficos ejemplos en iglesias aparentemente pobres. 
        
         Los temas decorativos son amplísimos, desde los puramente vegetales hasta los historiados con temas profanos, pasando por seres fantásticos, lucha entre hombres y animales y motivos obscenos.  Los temas iconográficos sacros más representados serán los de Adán y Eva, Daniel entre leones, Sacrificio de Isaac, del Antiguo Testamento, y la Epifanía, Matanza de los Inocentes, y Marías ante el Sepulcro, del Nuevo Testamento, y la iconografía de los santos propios de la zona.

viernes, 12 de septiembre de 2014

COLEGIATAS DE CANTABRIA




Santillana del Mar

El bellísimo pueblo de Santillana del Mar nos ofrece un conjunto de nobles casas de piedra construidas entre los siglos XV y XVII, época de mayor esplendor de la villa, que ha llegado prácticamente intacto a nuestros días. En el centro se abre una típica plaza Mayor, y alrededor de la colegiata se encuentran magníficos edificios como el Palacio del Marqués de Santillana, la casa de los Velarde, la Torre de Merino, la de don Borja, o las casas del Águila y la Parra.


El mero nombre se Santillana, nos hace vibrar cuando conocemos su historia. Esta villa es capaz de evocarnos galopes de bisontes por los montes cántabros ante los cazadores prehistóricos; también contempló el paso de las legiones romanas, cuando luchaban por doblegar a los bravos cántabros; canto de monjes, ante la reliquia de una mártir llegadas desde las lejanas tierras de Bitinia. También contempló las luchas feudales; las casas blasonadas de nobles caballeros.


Cuevas mágicas y palacios blasonados, claustros románicos y desmantelados torreones…  Si una abadía y un pícaro dieron a conocer a Santillana en tiempos pasados, y si, tiempo después, sonó su nombre ligado al sensacional descubrimiento de la famosa Cueva de Altamira, Santillana ha cobrado, de modo creciente hasta nuestros días renombre internacional de villa del pasado. La Santillana actual tiene sus orígenes en la Edad Media y fueron un grupo de monjes los que se asentaron con el propósito de construir una pequeña iglesia que albergara unas reliquias que traían de lejanas tierras.  Se trataba de una mártir de Bitinia llamada Juliana.  Con el paso del tiempo aquella pequeña iglesia se convertiría en un monasterio, en torno al cual se fueron levantando casas hasta convertir el lugar en una pequeña villa a la que se le dio el nombre de "Sancta Luliana", que más adelante derivaría en "Santillana"

         
       En Santillana todo nos envuelve en un ambiente de serenidad y sosiego, en el que parece que la vida ha quedado suspendida entre el cielo y la tierra. En su arquitectura el paso de los siglos ha dejado testimonio en sus casonas blasonadas, palacios y torres. En sus casas vestidas con el ocre de las piedras y el rojo de sus tejados, donde parece que el tiempo dejó de pasar, al margen de toda precipitación.

                  
Santillana, es un viaje hacia el pasado, hacia los siglos pretéritos;  donde podemos gozar de nuestro tiempo en la contemplación visual de sus piedras. Santillana es una villa medieval anclada en el tiempo, con sus bellas casonas blasonadas que nos hablan bien a las claras de un pasado noble. Sus calles empedradas nos encaminan directamente hasta el lugar más emblemático de la villa...  la Colegiata.




Este templo no sólo es la construcción románica más importante de Cantabria, sino que debe considerarse también como la propia razón de ser de la villa. Está dedicado a Santa Juliana, que sufrió martirio en Bitinia (actual Turquía) en tiempos del emperador romano Diocleciano. La historia de esta santa forma parte de la tradición de martirios de jóvenes vírgenes muy difundida durante la Alta Edad Media

Como es habitual en estas tradiciones, los restos de la mártir llegaron a estas tierras tras un largo y complejo peregrinar. De ello se tiene noticia ya en un documento de finales del siglo X, que cita la existencia de un monasterio dedicado a la santa en un lugar llamado Planes, al que la santa dio nuevo nombre a partir del suyo propio (Sant Iuliana)




Exteriormente la colegiata ofrece una imagen inconfundible gracias a la disposición de sus torres y algunos añadidos que se hicieron sobre la obra original del siglo XII. Así, la portada, reformada en época imprecisa, se ve rematada por un frontón triangular que acoge una imagen de Santa Juliana; por detrás aparece una larga galería de quince arcos que, aun  reconociéndose como un añadido, dan al exterior de la colegiata un aire propio y cierta gracia que aligera el macizo conjunto de la obra románica.

Hacia la cabecera del templo se sitúa una bella torre cilíndrica que luce en su parte alta una ventana geminada: por encima de ella se eleva el magnífico cimborrio que corona el crucero, adornándose con arquería ciega; a los pies de la iglesia se encuentra la torre de las campanas, que actúa de volumen equilibrador del cimborrio. Todos estos diferentes elementos confieren al conjunto de la colegiata una grandeza que rara vez se encuentra en los templos románicos que no alcanzaron la categoría de sedes  catedralicias.
 
 

La cabecera, compuesta por tres ábsides, que corresponden uno a cada nave, es quizá lo más valioso del conjunto arquitectónico. El central de mucha mayor altura que los laterales. El ábside izquierdo es quizás el más completo de los tres, está dividido en dos cuerpos por medio de un a imposta ajedrezada, sobre la que se han ubicado dos extraordinarias ventanas dobladas, decoradas con guardapolvo y arquivoltas de bolas que apoyan en sendas columnas cilíndricas con sus correspondientes basas, cimacios y capiteles.   Estos son sencillos, decorados con espirales el izquierdo, mientras que en el derecho se repiten las espirales, acompañadas de un ave en el ángulo. La cornisa de este ábside se sostiene por medio de diez canecillos figurados a los que acompañan los capiteles de las columnas entregas que dividen sus calles.





Todo el conjunto descansa sobre cuatro largas columnas cilíndricas con basas. La cornisa está sustentada por una veintena de canecillos, aparte de los cuatro capiteles de las columnas. Son todos iconográficos y entre ellos podemos observar temas relacionados con el mundo animal y vegetal, aparte de figuras humanas, que representan el Bien y el Mal. El ábside derecho, o no se llegó a concluir o fue modificado posteriormente.       
    


El ábside central, como hemos dicho, es de mayor altura y se articula horizontalmente en tres cuerpos, que está divididos por dos impostas de ajedrezado, mientras que verticalmente lo hace por medio de cuatro columnas que llegan hasta la cornisa, siendo coronadas por un capitel que ayuda a sustentar el alero.  En cada calle se abre una ventana de arco de medio punto doblado. Llevan dos arquivoltas de grueso baquetón y guardapolvo de ajedrezado que apoyan sobre cimacios ajedrezados, que a su vez lo hacen sobre capiteles historiados, de tejido de malla, de acantos, vegetales, etc. 


Siguiendo el camino hacia la izquierda, nos encontramos con la torre cilíndrica que está dividida en cuatro cuerpos por medio de tres impostas; las dos inferiores de ajedrezado jaqués, mientras que la superior es una simple moldura nacelada. En el cuerpo superior se abre una ventana ajimezada que lleva columna y capitel en el parteluz. Coronando la altura de la iglesia, encontramos la linterna prismática, que está dividida en dos cuerpos por medio de una imposta de rombos.






En el cuerpo superior vemos una sucesión de arcos ciegos que apoyan sobre columnillas y capiteles. La cornisa que corona la linterna está decorada con rombos y está sustentada por una buena colección de canecillos de muy variada índole; vegetales, figurativos, de caveto, de animales, etc.








La portada ubicada al mediodía, se presenta en un cuerpo adelantado del muro, muy rehundida a pesar de llevar tan solo dos arquivoltas de medio punto, sencillísimas en las que no se ve ningún tipo de decoración, ni siquiera el casi obligatorio guardapolvo. Estas arquivoltas se apoyan en un par de capiteles a cada lado, en los que a pesar de su deterioro podemos observar unos cuadrúpedos enfrentados a varios basiliscos. Sobre esta portada,  vemos un pequeño Pantocrátor almendrado al que sostienen cuatro ángeles.  A los lados, doce figuras en relieve, casi irreconocibles, que pudieran ser los doce apóstoles.

 






Sin duda,  la pieza maestra y el más románico vestigio de la vieja iglesia de Santillana, es su extraordinario claustro. Estampa perfecta de solitario abandono en su belleza reposada y su húmedo silencio. La quietud se remansa en el espacio enlosado, donde crece sin trabas la hierba regada por las nubes cantábricas. En su recinto, noblemente cercado por las arcadas claustrales, parece haberse concentrado, no ya solo la historia, sino su misteriosa e inaprensible raíz.  Con las arcadas de medio punto, cuyos fustes pareados, rematados por labrados capiteles, parecen como los pétreos cuerpos de los monjes, que siguen procesionalmente el conjunto del claustro. Aquí, tanto el mero curioso de arquitectura, como el científico arqueólogo, el captador de emociones visuales, o el que gusta de evocar historia, tienen igualmente campo para ensanchar su espíritu.





Este último gran espacio de la colegiata que conforma el claustro, está adosado a la nave norte de la iglesia. Se trata de una obra inacabada del románico de los siglos XII y XIII, y está considerado por muchos especialistas como la obra maestra de la colegiata. Formando un rectángulo irregular, ligeramente trapezoidal, este claustro se inserta en la tradición de los del Camino de Santiago y destaca sobre todo, por la variedad y belleza de los relieves que decoran sus capiteles; aunque a algunos escritores, lo que más impresionó del recinto, fue la estampa románica que ofrece el conjunto.



Cronológicamente, el ala sur y parte de la oeste, deben situarse en el siglo XII, siendo sus capiteles historiados los más atractivos de todo el claustro; el resto del ala oeste y todo el ala norte, se realizaron en el siglo XIII, y en sus capiteles predomina  el  tema vegetal  y  el  entrelazo  geométrico.   Por su estado de conservación, es uno de los mejores ejemplos románicos de la península, pese a que una de las alas no se pudo concluir o fue destruida. Todas las columnas son fuertes y robustas, asientan sobre bases áticas.  Los capiteles son alargados, van por parejas en bloque continuo, y los ábacos son siempre lisos y de poco vuelo. Sobre estos capiteles arrancan unos arcos de medio punto, algunos un poco apuntados debido al reajuste en la reparación a que el claustro ha sido sometido a comienzos del siglo pasado.
        



Este claustro, recogido y bellamente emotivo, ha sido siempre uno de los principales encantos de Santillana. Tiene la virtud de envolver al visitante en un ambiente de gran unidad. Son cuarenta y nueve los capiteles tallados en este claustro, en su mayoría representan temas puramente ornamentales, ya sean vegetales, ya sean de entrelazos. Su importancia radica en la iconografía de estos capiteles, que constituyen una síntesis de los principales motivos decorativos, figurados, geométricos y vegetales del románico.






















Destaca el capitel del caballero enfrentado a un gran dragón, similar al realizado por Pedro Quintana en la cercana iglesia de Yermo, lo que ha hecho suponer la relación cronológica y de autoría del claustro.  También podemos ver temas simbólicos, como la lucha de caballeros, lucha de guerreros contra dragones, y la temática profana, con escenas cortesanas, doncellas, saltimbanquis. 




Para describir un poco la talla de estos capiteles, comenzaremos por el ala más antigua, o sea, el ala sur. En ella podemos ver las representaciones del Pantocrátor, rodeados del Tetramorfos y de algunos apóstoles; el Bautismo de Cristo; la Degollación de San Juan Bautista; Daniel en el foso de los leones; el descendimiento; una despedida de un caballero de su dama; Sansón desquijando el león; un soldado atravesando son su espada a un león; un caballero luchando contra un dragón; un pastor ahuyentando al lobo, serpientes con enormes fauces, vegetales y entrelazos.


La parte meridional, adosada al templo, es la más antigua y muestra temas bíblicos  como el Pantocrátor y Tetramorfos, apóstoles, Daniel en el foso de los leones, el sueño de Nabucodonosor, Sansón desquijando el león, la degollación de San Juan, el milagro de los panes y los peces, escenas del bautismo de Cristo, y el Descendimiento, junto a otros temas profano como la despedida del caballero.  O los relativos a la lucha entre el Bien y el Mal. representados por el guerrero cristiano que mata al dragón, o el pastor ahuyentando los lobos.


En la crujía oeste se tallan temas alegóricos al Purgatorio, con animales fantásticos entrelazados y otros exclusivos de lacería.  Destaca el capitel del Cielo y el Infierno, en donde San Miguel pesa las almas, representadas por cabecitas y alancea al demonio que intenta inclinar la balanza a su favor.  El resto de los capiteles de esta galería y los de la crujía norte son vegetales, de influencia cisterciense, realizados ya en el siglo XII.









A lo largo de las galerías se observan sepulcros románicos y góticos extraídos del patio del claustro, correspondientes a abades, canónigos y nobles, identificables por sus escudos e inscripciones. También aparecen canecillos románicos que pertenecieron al alero de los tejados cuando se realizó la reforma de la fachada principal en el siglo XVII.


Cuenca del Pas-Pisueña


La cuenca formada por el río Pas y su afluente el Pisueña se sitúa en la zona central de Cantabria.  El río Pas nace en las abruptas montañas pasiegas, concretamente en la vertiente norte de Castro Valnera recorriendo en su primer tramo uno de los valles más pintorescos y singulares de Cantabria: el valle del Pas, una zona que ha conservado unas formas de vida y una cultura popular de gran originalidad e interés etnográfico.  Fuera ya de la zona estrictamente pasiega, las montañas se abren en el valle de Toranzo y el Pas discurre al pie del cónico Pico Castillo, donde se ubican las cuevas prehistóricas de Puente Viesgo, antes de recorrer todo el valle de Piélagos y desembocar en la ría de Mogro, junto al Parque Natural de las Dunas de Liencres.


La comarca pasiega es sin duda, la zona con más acusada personalidad de nuestra región, persistiendo en ella formas de vida tradicionales.  Existen diversas teorías acerca del origen de sus habitantes, los pasiegos, y sobre ellos se han hecho numerosos estudios antropológicos, históricos y lingüísticos, pero en todo caso parece que uno de los condicionantes fundamentales de la identidad pasiega ha sido el aislamiento propiciado por el medio etnográfico.  Las montañas pasiegas siempre estuvieron apartadas de las principales vías de comunicación, y tienen un relieve sumamente agreste.

¿Son,  pues, nuestros pasiegos del mismo origen que el resto de los cántabros o montañeses que componen lo que hoy es nuestra región?, o acaso algo distinto por su aislamiento entre las breñas, sus costumbres ancestrales, conservadas y diferenciadas del resto de Cantabria por su modo de vida acomodado al hábitat que lo rodea.


Fueron los pasiegos los primeros que importaron las vacas suizas y holandesas, dedicándose a su cría y comercio, aunque dejando desgraciadamente, desaparecer su raza autóctona de “rojinas”.   Desde el otoño a la primavera, las vacas están en las praderías más bajas, a partir del mes de abril, cuando la nueva hierba empieza a retoñar, el ganado sale a las fincas a pacer al aire libre, de abajo arriba, hasta llegar a las branizas.

         La singularidad pasiega también se manifiesta en otros muchos aspectos, como son los útiles de trabajo;  el Cuévano –gran cesto de varas de avellano que se carga a la espalda- , se utiliza para casi todo, desde acarrear hierba o leña hasta llevar a los niños pequeños.  Otros instrumentos muy peculiares de la comarca son, la Velorta, las Basnas, los Picachos, así como el Palancu, con el cual se practica el salto pasiego, una modalidad deportiva autóctona que todavía se lleva a cabo en algunas festividades.


Las cabañas de las branizas son sencillas y funcionales, poseen lo imprescindible para atender el ganado y las necesidades básicas.  Son casas de dos plantas: la de abajo para los animales, que además dan calor en invierno, y la de arriba para la familia y la hierba, dividido por un tabique de roble.  La cocina tiene el fuego sobre una lastra, y en su centro está el llar para colgar los pucheros.

Desde el siglo XIX, los pasiegos se hicieron célebres en toda España por el desempeño de diversos oficios y actividades de lo más pintoresco: contrabandistas, nodrizas reales, heladeros ambulantes, etc.   Pero la vida pasiega siempre ha estado ligada estrechamente a la ganadería, distinguiéndose sobre todo por la práctica de una original forma de trashumancia, la muda.  Ello da lugar a que toda la familia este desplazándose permanentemente de cabaña en cabaña, con todo su ganado y enseres.  La cabaña pasiega, adaptada a su función de vivienda y establo temporal, es muy característica, con su cubierta de lastras de piedra oscura y su prado bien cercado.  
        
El pasiego aún en la actualidad, es gente trashumante que muda desde los pastos bajos a los pastos altos, ayudado de yeguas y burros, con el cuévano a la espalda, transportando lo más indispensable;  ropa de cama, utensilios de cocina y aperos,  además del rebaño de vacas.


Debido a las fuertes pendientes es muy difícil mecanizar las labores, por eso la hierba exige abundante mano de obra para,  “segar, esparcir, tender, atropar, velortear y empayar”, de ahí el continuo subir y bajar de la braniza a la ribera, participando únicamente el núcleo familiar,  incluidos todos los hijos,  que desde bien pequeños comparte el trabajo común.

El río Pisueña, nace en los Picones de Sopeña,  en las estribaciones del Cerro Crespo, paralelo al lugar donde están las fuentes del Pas.  Se despeña montaña abajo hasta el pueblecito que le da nombre, siempre en dirección oeste, para en un quiebro de su cauce, cambiar de dirección y dirigirse a Selaya, donde la Virgen de Valvanuz preside desde una pradera el valle del que es patrona.  El Pisueña trota alegre al norte, a Villacarriedo, donde se encuentra el palacio de Soñanes para entrar en Villafufre y pasar por Vega, cuna de los antecesores de Lope de Vega.  Se estrecha el río ciñéndose a la cuenca por él horadada, ajustándose en estrecho abrazo con las breñas fragosas y apiñadas de la Sierra de la Matanza y entra en el valle de Cayón y después en el de Castañeda, donde se ensancha y apacigua. 

Aunque en esta comarca no existen restos de ocupación humana anterior a la época medieval, muy cerca se encuentran importantes yacimientos arqueológicos que ofrecen testimonio del primitivo establecimiento en la región de grupos humanos.


La actual comarca del Pisueña se enmarca, en la primera Edad Media, en las Asturias de Santillana, una de las demarcaciones territoriales que formaban parte del reino Astur-Leonés, y que surgieron en el proceso de conquista y repoblación llevado a cabo en el siglo VIII por Alfonso l.   Posteriormente se convertiría en la Merindad de las Asturias de Santillana.  Con anterioridad al siglo IX, no se tiene noticia escrita de la existencia de asentamientos a los que acompañe un terrazgo estable como medio de explotación permanente.  En siglos precedentes cabe hablar de una ocupación extensiva del territorio por medio de clanes o comunidades familiares, en el marco de un régimen económico pastoril, marcado por un nomadismo estacional.

         Las primeras presuras, término con el que se designa a la apropiación de un territorio sin dueño anterior, datan del siglo IX y tienen lugar en la cuenca del Pisueña, donde el Conde Gundesindo se apropia de una amplia franja entre la cordillera y la costa central de Cantabria.  En el año 816 está fechada una escritura por la que el conde Gundesindo dona bienes al monasterio de San Vicente de Fístoles, que es de tipo dúplice, lo que confirma un poblamiento anterior y está situado junto al pueblo de Esles.

       Hasta el siglo XI lo habitual fue buscar la protección de un monasterio, las      “ecclesias” que surgen al comenzar la reconquista, patrocinadas por la nobleza y establecidas sobre territorios sometidos a presura.  Ofrecían, más allá de la seguridad terrenal, la segura salvación del alma.

         El linaje más importante de los que tuvieron dominios en las Asturias de Santillana fue el de la Casa de La Vega, que probablemente tuvo su origen en la Casa de Lara.  La mayor parte de la comarca del Pisueña pasó a su poder en 1341, por donación del rey Alfonso XI, junto a otros valles de la zona.   Solo Castañeda quedó fuera de su dominio.


La cuenca del Pisueña cuenta con varias construcciones románicas de gran valor.  La más importante de ellas es la Colegiata de Santa Cruz de Castañeda, que está considerada como una de las más notables muestras de este arte en nuestra región.  Está situada en una colina, sobre el pueblo de Socobio y data del siglo XII.


Cuando llegamos a ella, nos ofrece una primera sensación de robustez, de rigor, y de fortaleza, que para comprender su verdadera estructura, tenemos que abstraernos aunque sea mentalmente de las edificaciones posteriores al templo románico.  Es una bella iglesia, magníficamente rematada, con muchos detalles de gran cuidado y de elegancia en la construcción.  Un gran monumento dentro del románico montañés, en el que en medio de un campo de líneas largas, armónicas, y sosegadas que respira paz y trabajo, se le nota el peso de la tradición y de su historia.


La vemos,  todavía vigilante, alzarse sobre una loma, como en aquellos días de la Edad Media en que fue centro de operaciones feudales de una extensa comarca. La iglesia se construyó en las primeras décadas del siglo XII, en un estilo derivado del románico castellano, es decir,  dos ábsides semicirculares además del ábside mayor. La fábrica de la nave aunque ha conservado su estructura, se ha renovado posteriormente, además de haber sufrido varias sustituciones y añadidos.  Lo más relevante de estas sustituciones, es la desaparición del ábside lateral izquierdo para construir en su lugar una capilla que el capitán Fromesta mandó levantar.


Poco o muy poco se conoce de la historia de Castañeda y de su colegiata, ya que su archivo, sin duda copioso, desapareció casi totalmente en un incendio en 1560, y solo a base de algunos datos recogidos en la documentación de la comarca, se logra reconstruir algo de su trayectoria histórica.  La primera noticia que se posee sobre Castañeda se remonta a 1073.  Para esta fecha se hallaba ya instalada allí una comunidad de monjes, presidida por el abad Juan, a quién vemos figurar como testigo en un documento de Santillana de ese mismo año.   Pero no se conoce ningún dato anterior a esa fecha; es decir, no se ha conservado ningún documento que nos informe sobre cuando se fundó exactamente, ni quién fue el que dio comienzo al monasterio como edificio y como comunidad.



Algo más explícitas son, en ese sentido, las noticias que nos trasmite otro documento de 1120.  El monasterio es ya gobernado por el abad Pedro y pertenece en propiedad a la condesa Jimena Muñoz, quien en 20 de septiembre de ese mismo año lo entrega, con todas sus posesiones, a la abadía de Cluny.  Al no seguir el paso de la evolución normal en Castilla, incorporándose efectivamente a la reforma de Cluny que salvó de la ruina a tantos cenobios castellanos, la transformación del monasterio en colegiata obedecía, en cierto modo, a un imperativo lógico.


Pues ese paso se dio, con mucha frecuencia, en otras casas religiosas de esa misma región, abandonando el rigor monacal y entregándose a un uso más efectivo y agradable de las riquezas que poseían, cambiando no solo la vida, sino también la regla monacal por la de los canónigos regulares de San Agustín.


Algunos años más tarde debió comenzarse la iglesia románica que hoy vemos.  Pero tampoco sobre ella nos queda noticia alguna: no conocemos ni la fecha de su construcción, ni los artistas que la idearon o realizaron.  Lo único que cabe afirmar es que, dada la uniformidad que se observa en la fábrica y en los motivos que adornan impostas, cimacios, y capiteles, hubo de levantarse en poco tiempo y sin que variara en nada la traza inicial. 




En 1420 la colegiata pasaba a ser propiedad de García Fernández Manrique y de su esposa Aldonza Téllez, a quienes el rey Juan II concedía el señorío de Castañeda con el título de condes y unido a esta poderosa familia continuó hasta que en 1541, don Juan Fernández Manrique, embajador de Carlos V en Roma, pidió a Paulo III que suprimiera las colegiatas de Castañeda, y Elines y se concediese ese título a la iglesia de San Miguel de su villa de Aguilar de Campoo.  Fray Juan Álvarez de Toledo, quien consideradas las circunstancias, consintió en que fuesen suprimidas y anexionadas a la iglesia mayor de Aguilar las citadas colegiatas.



El valle de Castañeda se opuso tenazmente e hizo ver al Papa el perjuicio que le seguiría si les fuera expropiado el templo, y con él muchas rentas de que disfrutaba.  Pero al fin, se llegó a una transición, por la cual se convenía en que una parte de las rentas serían percibidas por la colegiata de Aguilar, y el resto quedaría a beneficio del Cabildo de Castañeda, reducido en adelante a cinco canónigos.  En esta situación siguió, más o menos, hasta el concordato de 1851 en que quedó definitivamente suprimida.  Hoy sirve como templo parroquial a los cuatro barrios que componen el pueblo de Castañeda.


           De los añadidos destaca la construcción de una torre prismática, que se eleva en la zona sur y se organiza en dos cuerpos, del que destaca el superior ligeramente más estrecho con ventanas dobles divididas por columnas con capiteles historiados.  Está rematada por una cornisa lisa sostenida por canecillos decorados.  Por el sur, la primitiva traza románica está también totalmente desfigurada.  La nave lateral ha sido sustituida por una capilla neoclásica, construida en el siglo XVIII y se ha roto la simetría de la cabecera al desaparecer el absidiolo de ese lado.  Adosada a estas nuevas construcciones, por el lado de la nave, se encuentra la torre.  Alta y esbelta, puede considerarse como uno de los mejores ejemplares entre sus contemporáneas.







Valle de Campoo

Aquí en Campoo nace el Ebro, río que da nombre a la Península Ibérica. Aquí comienza la Meseta castellana.  Justamente en este valle según la leyenda estaba aquella zona que se encontraba “al otro lado del Ebro, fronteriza con el Ebro” y por eso la llamaron Cant-abria (Kant-Iberia) que quiere decir <<la otra orilla del Ebro>> y no muy lejos de aquellos montes campurrianos partieron los “foramontanos” que repoblaron España.



Si hacemos caso de la tradición, el río Ebro nace en Fontibre (Fontes Iberis) en un manantial situado a pocos kilómetros de Reinosa, pero la mayor parte de sus aguas provienen del Río Hijar, en Pico Tres Mares, que es donde realmente nace el Ebro. En el manantial de La Fuentona en Fontibre, un monolito de piedra con la estatua de la Virgen del Pilar, nos recuerda con sus escudos grabados todas las provincias que riegan las aguas de este río hasta su desembocadura en Tortosa.

Río Hijar


En Campoo la línea del cielo la marcan los macizos montañosos de Peña Labra, Tres Mares, el Cudillón, el Cordel y  Mediajo Frío.  La cota más alta de estas moles  montañosas la conocemos como Tres Mares, debido a que aquí nacen tres ríos que desembocan en la mar; el Hijar, que a través del Ebro vierte sus aguas en el Mediterráneo; el Pisuerga que a través de las llanuras castellanas se une al Duero para desembocar en el Atlántico y por último el Nansa que serpentea hacia Tina Menor cerca de Unquera para desembocar en el Cantábrico.

Tina Menor

Tierra de pueblos prerromanos, los famosos cántabros de las fuentes, que al ser sometidos a Roma, tuvieron como núcleo emisor de romanización la ciudad de Julióbriga, la única  que mereció ser considerada como importante población de Cantabria y cuyas ruinas podemos visitar en el pueblo de Retortillo ..

Retortillo, el barrio principal, el que da nombre al término, está situado en la parte más alta y más cercana a las ruinas de Julióbriga, y es como tantos otros pueblos campurrianos, donde sus gentes han ido abandonando el lugar para trasladarse a otro más próspero donde poder sobrevivir.   

Siguiendo por la loma hacia el este, seis columnas se alinean en el borde sur de la breve explanada, en que también se llevaron a efecto hace muchos años las investigaciones arqueológicas que permitieron descubrir todo el trazado de la ciudad romana de Julióbriga. 

                                         Juliobriga

Y así la estampa que se repite en cada rincón, son sus  gentes amables que te saludan al pasar, el perro que se acerca moviendo el rabo en son de paz. Yo diría, incluso, que los vecinos de Retortillo viven un tanto ajenos a Julióbriga y  lo que aquellas ruinas significan, como si nada fuera con ellos y solo aceptaran este hecho  como algo irremediable.  Por esta razón puede verse allí, al pie mismo de las columnas alineadas al borde del campo de excavaciones, las instalaciones modernas de una granja, como una profanación del lugar en que se encierra buena parte de nuestra historia cántabra. 
        
La historia antigua de Cantabria está absolutamente unida a la de la ciudad de Julióbriga, que fue su capital a raíz de la conquista definitiva del norte de la Península Ibérica en tiempos del primer Emperador romano Octavio Augusto. Los antecedentes históricos del territorio de Cantabria y de Julióbriga, están íntimamente relacionados con la cultura de los castros indígenas prerromanos, surgida a raíz de la penetración en la península de los pueblos celtas a partir del siglo IV antes de Cristo. 

Peña Amaya

La vida de estos castros sufre un fuerte revés con la conquista romana a raíz de las Guerras Cántabras, especialmente en la comarca en torno a la cabecera del Ebro, como Celada Marlantes, Naveda o Aradillos y en el alto Pisuerga como Bernorrio o Amaya.  A raíz de la conquista se inicia un proceso de control militar con el asentamiento de forma permanente de la Legión IV Macedónica como controladora de las posibles insurrecciones de los cántabros.

Por Campoo  pasaban dos ramales de calzadas romanas, una a través del collado de Somahoz pasaba por el pueblo de Casasola donde aún hay vestigios romanos en un puente y un buen tramo de calzada, aunque bastante deteriorado.  Este ramal cruzaba el valle de Valdeolea y por el puerto de Palombera descendía hasta la costa por el valle de Cabuérniga.  El otro salía de Pisoraca (Herrera de Pisuerga) y acababa en el mar en Portus Blendium (Suances) o Portus Victoriae (Santander.  Esta calzada conserva en el trayecto Somaconcha-Pie de Concha, el tramo mejor conservado de calzada romana.

Calzada romana Somaconcha-Pie de Concha
A partir de finales del siglo XI se introduce el arte románico desde Castilla de forma paulatina, al amparo de dos grandes monasterios benedictinos que ejercen y consolidan un amplio dominio monástico en la comarca: San Martín de Elines y San Pedro de Cervatos, con propiedades en todos los valles circundantes, incluso en el Besaya. 

En el ábside de Cervatos nos encontramos con imágenes de machos cabríos, que simbolizan al demonio, puesto que son condenados en el juicio final; varios canecillos se asocian con el pecado de la lujuria que, dentro de los pecados capitales, es junto con el de la avaricia, el más representado; así encontramos un hombre envuelto en serpientes y varias liebres, animal considerado como  impuro; y por supuesto las numerosas representaciones de canecillos obscenos.  




           

   Colegiata de San Pedro
En medio de un paisaje duro y áspero, junto a un pueblo pequeño y pobre, sin historia que aparentemente justifique su presencia, se alza este admirable monumento que aun cuando por su fecha de dedicación es algo tardío en el románico, sin embargo muestra muy limpias al exterior las líneas típicas de una construcción muy cuidada a la que avalaron algunos detalles arquitectónicos de primera categoría. 


Cuando hemos remontado una pequeña y empinada cuesta en la que se asienta la Colegiata, (una bella y airosa iglesia románica), esta nos ofrece de frente el tambor perfecto de su ábside que se alza frente a nosotros como la proa de un barco.  Un ejemplar bellísimo, en excelente estado de conservación e indudablemente una de las sorpresas que nos reserva esta construcción románica.


Seguidamente observamos la nave, bien definida al exterior y cubierta con tejado a dos aguas.  En el frente de esta nave, o sea al mediodía, un poco resaltada del muro se abre una notabilísima portada que se cubre con un tejaroz apoyado en una línea de excelentes modillones y metopas. Y por último, como tercera pieza de este conjunto, aparece una sólida y a la vez airosa torre, adosada al hastial de los pies y orientada hacia el oeste.  Esto es solo la primera impresión que produce el acceso a este monumento y aparte de la belleza de su conjunto y de los muchísimos detalles en los que más tarde habrá que insistir.

 Los orígenes de Cervatos son desconocidos, la tradición  coloca su fundación en los últimos años del siglo IX, cuando la repoblación de Amaya.  De la antigüedad de Cervatos y de su colegiata, habla por sí solo el hecho del fuero otorgado en 999, por el Conde de Castilla don Sancho, y su mujer doña Urraca en memoria de su primogénito, Fernando, muerto en edad temprana y sepultado en la iglesia de este monasterio. 

 Los pequeños monasterios surgidos en los comienzos de la reconquista, allá por el siglo VII, se han convertido en importantes centros religiosos y de poder económico, que como éste de San Pedro de Cervatos, controlan buena parte de la producción agraria de su entorno.         Al igual que los monasterios lebaniegos o el de Santillana, el monasterio de Cervatos surge como una concesión o autorización de un señor feudal o del rey a unos monjes, que previamente han tomado posesión de un pequeño territorio, para erigir una ermita en donde poder hacer oración y guardar unas reliquias. 


En el muro meridional se abre la portada principal, resaltada, con arquivoltas de baquetones en arco de medio punto, que apoyan sobre tres capiteles a cada lado, todos animalísticos. Y lo que más poderosamente llama la atención es su ancho y hermoso friso de leones afrontados y contrapuestos (símbolo de Cristo y de las fuerzas positivas que protegen el lugar sagrado), de clara influencia mozárabe que recuerda a algunos autores de las portadas mudéjares de Toledo.

Sobre este friso, un tímpano con tres losas de piedra donde las acostumbradas representaciones iconográficas están sustituidas por unas fajas de tallos ondulares, entrecruzados con piezas de encaje labrado profusamente decorado con vástagos vegetales y hojas de entrelazo que acentúan esta impresión de tal suerte que vienen a constituir una especie de bordado.  

      
Esta disposición ornamental es totalmente desusada en el románico español, por eso todavía se continua discutiendo sobre las influencias que han concurrido en este tímpano.  Algunos ven en él una directa influencia árabe pero lo más verosímil es que los arquitectos y escultores que hicieron esta colegiata nada tuvieran que ver con la comarca antes de comenzar dicha obra,  llevando a esta los repertorios de formas que más les hubieran impresionado por su fastuosidad.

 En las enjutas del arco, relieves repartidos, con Daniel en el foso de los leones, Adán y Eva,  etc., debidos a una mano muy distinta a la que labró el tímpano.  El más bajo de la derecha representa al profeta Daniel de pie, con los brazos levantados en actitud de súplica, entre dos leones que con las patas delanteras le abrazan por la cintura. 


En el lado izquierdo aparecen Adán y Eva, separados por el árbol en cuyo tronco se enrosca la serpiente.  En otro aparece el arcángel San Miguel empuñando un escudo y hundiendo su lanza en las fauces de un dragón.  Se remata la portada con una cornisa apoyada en unas riquísimas secuencias de canecillos decorados a veces con provocativos temas.    El arco de esta portada lleva guardapolvos de zarcillos elípticos, con hojas inscritas.  Debajo siete arquivoltas simples, de solo boceles y medias cañas, que apoyan alternativamente, en capiteles y en jambas prismáticas.
  

En esta fachada sur se abren tres vanos: una ventana pequeña, a la izquierda, muy próxima a la cornisa, de arco de medio punto, cuyas dovelas casi tocan la hilada de canecillos, de arco doblado, posee una arquivolta de grueso baquetón que apoya sobre cimacios decorados por trenzado de palmetas de hojillas cóncavas, adorno que se repite hasta la saciedad en toda la decoración de la iglesia. Dichos cimacios cargan sobre pequeños capiteles que, combinados, recogen, con demasiado descaro y expresividad, una preparación al coito. Las columnas, de cortos fustes de una sola pieza, llevan collarino fino y basas de tipo ático, con lengüeta.


La ventana derecha, es más grande y alta, posee chambrana de medio punto decorada con parecido tipo de palmetas entrelazadas e igual al que lleva la chambrana de la puerta, y arquivolta de baquetón, cimacios decorados con palmetas y capiteles con animales afrontados sobre cuyas cabezas aparecen volutas. Los fustes son dos tambores y las basas iguales a las de la ventana izquierda.


El ábside, un ejemplar bellísimo y en excelente estado de conservación tiene una estructura normal, pero sus diversos elementos componen en él una armonía tan sencilla como señorial.  Es de piedra de sillería, cuidadosamente despiezada y aparece al exterior reforzado por cuatro contrafuertes prismáticos que se elevan hasta dos tercios de su altura, siendo ocupado el otro tercio por columnas que alcanzan hasta la cornisa. 

Horizontalmente aparece dividido en dos zonas por una imposta de billetes que corre por encima de los contrafuertes y constituye el trasdós de las ventanas que se abren en los tres paños centrales.



 Estas ventanas van flanqueadas por dos columnitas cada una, sobre las que voltean arcos de grueso baquetón adornado de bolas y de una línea de ajedrezado.   En la parte alta llama enseguida nuestra atención la rica serie de canecillos en que se apoya la cornisa del tejado que llevan esculpidas figuras con representaciones claramente obscenas que aquí en Cervatos la osadía de los escultores fue tal que no se pararon ante ningún límite para expresar con toda crudeza la fealdad del pecado



La torre prismática fue construida posiblemente en los años finales del siglo XII y es un  buen ejemplar entre las torres románicas de Cantabria. Está formada por tres cuerpos, el inferior, macizo, que ocupa más de la mitad de la altura, el segundo con arcaduras triples ciegas donde se observa un ligero apuntamiento y el último con dobles troneras. Todos estos arcos apoyan sobre capiteles corintios, de centauros arqueros y de bichas.  Su decoración hace pensar que trabajaron en ella los maestros canteros de Aguilar de Campoo de finales del siglo XII.


En el interior, puramente románica es la cabecera y el arco del triunfo, de medio punto doblado y con capiteles historiados.  El tramo recto del presbiterio se cubre con bóveda de cañón y se separa del ábside mediante un arco de medio punto con capiteles historiados.

 El ábside presenta una cubierta de cuarto de esfera y se articula en dos pisos, ventanas y arquería ciega inferior compuesta de diez arcos de medio punto y capiteles historiados.  Este semicírculo bajo del ábside ofrece una gran impresión visual por esas  hermosas  arquerías ciegas, muy parecidas a las que contemplamos en Castañeda.



 Consta de diez arcos  de rosca abocelada, seis en semicírculo y cuatro en tramo recto con ábacos y capiteles finamente tallados entre los que destacan; uno referente a la lujuria, donde vemos a una mujer a la que dos serpientes muerden sus pechos, y el otro una representación de san Pedro. El capitel derecho del arco del triunfo lleva águilas explayadas de fuerte talla, muy parecidas a las que se ven en los capiteles de Cozuelos y Cillamayor.

Valle de Valderredible

Extenso municipio y uno de los más bellos y sugerentes  de Cantabria.  Su ubicación está a caballo entre la España Verde y la Meseta Castellana, al pie mismo del farallón de La Lora.  Valderredible, es un pedazo de historia viva, su luz, sus montes, su soledad y las aguas del Ebro que se van, llenan esta comarca de un especial atractivo.


Se tienen constancia de existencia de poblamientos en el Neolítico y en la Edad del Bronce, aunque posiblemente fueran pastoriles. El Megalítico ha dejado testimonios de restos de dólmenes en Sargentes de Lora y en Canto Hito, en Quintanas de Hormiguera se han descubierto menhires y San Martín de Elines cuenta con un monumento llamado “Lancha hincada”
        
        La naturaleza se presenta aquí en estado puro con impresionantes y bellísimos paisajes entre los que destacan las profundas hoces del Ebro, con bosques de abedul, roble, encina o haya y con unas vastas extensiones montañosas en las que habita el lobo, el oso, el jabalí, el corzo o el tejón.  Entre las aves, la proximidad del pantano del Ebro al ser éste parada obligatoria de las aves migratorias, incluso es frecuente ver cigüeñas. El águila real y los buitres leonados pueblan los roquedales del valle y sobrevuelas majestuosos las altas cumbres de los montes cercanos, como la Peña Camesía y la Peña Amaya.


El antiguo Val de Ripa Hibre (valle de la ribera del Ebro) es el más meridional de Cantabria y ocupa la zona sur de la comarca de Campoo, a modo de cuña que se introduce entre las provincias de Palencia y Burgos con las que tiene muchas afinidades de todo tipo.  Mirando hacia atrás, a lo más lejos del tiempo, Valderredible aparece con latidos humanos en la misma prehistoria: gentes de la Edad del Bronce, pastores megalíticos seguramente, recorrieron estas hermosas tierras a las que el Ebro naciente ha dado nombre.  Como consecuencia de estos poblamientos, en el pueblo de Ruanales, hace pocos años, se descubrieron pinturas esquemáticas en un abrigo de roca, llamado el Cubular, así como un grabado de grandes proporciones en San Martín de Elines, en La Lora, un menhir conocido como “lancha hincada”.
        
         Los cántabros también ocuparon Valderredible, puesto que Plinio nos dice que vivían cerca de las fuentes del Ebro.  Posteriormente Valderredible también fue romanizado como lo demuestran las excavaciones de la villa romana del siglo II-IV en Santa María de Hito, localizadas en las afueras del pueblo y hoy cubiertas de nuevo para su protección.  Cuando realmente parece que el valle adquiere vida intensa es en los primeros siglos de la Repoblación, conservando numerosas ermitas rupestres que, por su trabajo y sepulcros junto a ellas, también rupestres, sólo pueden considerarse fabricados por comunidades posiblemente de origen monacal, pero que serían verdaderas aldeas de familias de colonos civiles.    


Data del siglo X la primera mención documental del Valle de Valderredible.  A lo largo de los siglos XI y XII habrían de construirse iglesias románicas que abundan en el valle, tales como la de San Martín, San Andrés y Castrillo de Valdelomar, Villanueva de la Nía, Navamuel, etc. que junto a otros restos de iglesias románicas, en número superior a veinte, que aún se conservan en el valle, constituyen un conjunto de singular atractivo artístico, reflejo de una historia peculiar. 


Sin embargo, con anterioridad a la edificación de todos estos monumentos románicos, dan noticia del poblamiento primitivo las iglesias rupestres de Arroyuelos, Cadalso, Campo de Ebro, Santa María de Valdelomar y Presillas de Bricia, sobre las que los historiadores e investigadores no se ponen de acuerdo para su datación.  Tradicionalmente se creía que el origen de las iglesias rupestres eran pequeñas cuevas ocupadas por los ermitaños desde la época del dominio musulmán y se mostraban los arcos de herradura como ejemplo de su influencia mozárabe, o, a la época de la repoblación de la región cantábrica, sin embargo, diversas investigaciones llevadas a cabo en los últimos tiempos, las retrasan al periodo visigótico,  después de que un detallado informe de las medidas de los arcos presentes en las iglesias rupestres demuestra sin lugar a dudas que concuerdan con las dimensiones de los arcos de herradura visigodos. 
         
Se considera histórica la evangelización de esta comarca por San Millán de la Cogolla, durante la segunda mitad del siglo VI, como relata su Crónica y que recoge plásticamente en su arqueta de reliquias, en uno de cuyos paneles de marfil se representa la predicación a los cántabros y la premonición de la invasión de Leovigildo en el año 574. 


En el siglo VI, antes de la caída de los cántabros en Amaya ante las tropas visigodas de Leovigildo, San Millán ya  dedicaba su vida a la evangelización cristiana de Valderredible utilizando cavidades excavadas en roca como eremitorios rupestres.  Según se indica en los textos de San Braulio que describen la vida de San Millán, éste tenía un gran número de seguidores y gentes que se desplazaban hasta su presencia por la fama de sus milagros.

         No debemos caer en el error de simplificar la finalidad histórica que han tenido estas cuevas.  Como indica Julián Berzosa Guerrero en su libro “Iglesias rupestres” además de las iglesias conocidas tenemos múltiples cavidades rocosas hechas por el hombre que han sido utilizadas desde la prehistoria, cambiando muchas veces la utilidad y reutilizándose para diversos fines.  Las ampliaciones sucesivas borran las huellas de las anteriores y en origen algunas pudieron ser, habitáculos prehistóricos, luego celdas de anacoretas y posteriormente iglesias en época visigoda, proliferando en gran cantidad hasta la época del románico en donde van perdiendo su anterior importancia.

        Tras la toma de Amaya por Tarik en el año 714, la nobleza visigoda al mando del duque don Pedro de Cantabria, que plantó resistencia a los musulmanes, se refugió al norte de estas montañas.  Cuando llegado el siglo X, las razias árabes ya van amortiguando sus efectos, las iglesias dejan de abrirse en la banda de roca arenisca y se construyen en el estilo  mozárabe, arte del que aún se conservan restos en San Martín de Elines.

          No es por tanto ocasional que los mozárabes, que en el siglo IX y principios del X, eran expulsados de Al-Andalus por sus enfrentamientos religiosos con los islámicos, se refugiaran en estos bastiones y continuaran excavando en las rocas areniscas para construir sus iglesias.


             La historia nos dice, que el pueblo de San Martín de Elines, fue formándose en torno al antiguo monasterio dedicado al santo obispo de Tours, y que primitivamente, antes de convertirse en la magnífica colegiata que hoy admiramos, fue un monasterio mozárabe allá por el siglo X, como lo atestiguan los restos que aun apercibimos en la galería norte del claustro que da al cementerio con sus arcos de herradura mirando a éste último y sus ventanitas cegadas del claustro  es muy posible que la creación del cenobio pueda explicarse por la corriente repobladora que a finales del IX llega a la región dirigida por Fernando y Gutina, fundadores de San Miguel de Escalada.




Un documento del monasterio de San Pedro de Cardeña, fechado en 1102, testifica que este monasterio mozárabe estaba en deplorable estado de ruina, pues la cita dice textualmente  “Era de CLX, ruit ecclesia Sancti Martín de Elines”.  Este dato nos hace suponer que la ruina no fue lenta, sino que se produjo en vida activa del monasterio, por lo que no parece aventurado creer que los monjes procederían a iniciar muy pronto la construcción de una nueva iglesia, que sería la que nosotros  podemos contemplar en la actualidad.



En el siglo XIII los monjes benedictinos tuvieron que abandonar el monasterio sin que aún se sepan las causas, por lo que hubo que esperar hasta la llegada de otra orden religiosa de canónigos para poder terminar el monasterio, aunque entonces comienza una decadencia progresiva que lleva a la pérdida del título de colegiata en el siglo XVI y no lo recuperó hasta el siglo XIX.




La colegiata de San Martín de Elines, es una de las más bellas iglesias románicas de nuestra región, de la que están orgullosos en todo el valle de Valderredible.  Se presenta al exterior, como edificio de una sola nave, a la que preceden un crucero y un ábside semicircular orientado hacia el este, o sea, hacia Jerusalén, como era preceptivo en aquellos tiempos para todos los templos cristianos.